“Esperando la muerte como un gato que va a saltar sobre la cama” Bukoski
Y como un gato saltó la última película del ciclo de la muerte en el mes de abril, una cinta recomendada para todos aquellos a quienes gustan del cine y también para los que no, igual, esa virtud de encantar y desencantar sólo la posee el arte, con todo lo relacionado a él, específicamente la película de la cual vamos a hablar en ésta ocasión.
La cara del otro, la mía, la tuya, la del que sea, pero una cara, porque sin ella ¿a qué nos enfrentamos? ¿”A quien le damos cara si no tenemos”? Y si, en ésta sociedad en la que vivimos hay que dar es cara o venderla, no sé si en el mejor o peor de los casos, pero lo cierto es que no se puede vivir en éste mundo sin, como dicen algunos, “la identidad del alma”, reflejo del alma, vitrina del cuerpo, imagen de marca, nicho de nuestra personalidad. A todo esto se suma, después del gran problema de no contar con una cara, ya sea porque naciste sin ella o porque la perdiste en un accidente, la concepción de belleza que el hombre ha formado a lo largo de los años, es decir, la poderosa fuerza impetuosamente estética para decidir si eres Feo o Bonito.
En realidad, el problema no es simple, no es un asunto de hecho físico, sino también moral, como lo es el “cine negro”, y la moral tiene mucha más fuerza que los aspectos éticos y estéticos alrededor de los cambios de apariencia, pero al final, poder reparar un daño como éste, daría un vuelco no sólo mental sino social, a quienes padecen la “desgracia” de “ser invisibles” no “superhéroes” en un mundo lleno de éstos, “nadies” y “unos”.

En ésta cinta con cara ajena, no es necesario ser el más o el menos en cuestiones duras y profundas para entender lo que nos quiere decir el director y su guionista Kabo Abe; basándose en su propia novela “La Mujer de la Arena ”, transmite la sencillez de un film que no quiere desaparecer en el tiempo y mucho menos en la mente de quienes ya vieron que la cara es como una huella digital, es lo único que nos hace diferentes ante la alienación y la repetición, ante el indomable demonio que existe dentro de todos y que no se cansa, no, sin alcanzar las “bondades” que las apariencias nos ofrecen.
JaimeRicaurte.
Sociólogo.
U. de A.